Anna Pier
Especial para El Sol
A las siete de la noche del lunes 22 de octubre un grupo de adultos, muy enfocados, se reunía en la sala Myron DeLong de la biblioteca del Valle de Sonoma. Fuimos a escuchar una presentación sobre el problema de las pandillas. El volante nos había animado: “Lucha Contra la Locura – Encuentra la Luz.” Estas palabras prometedoras nos habían atraído a la biblioteca: “Como comunidad, podemos encontrar maneras de conseguir que..la violencia de las pandillas no sea una realidad que esté creciendo sino un recuerdo del pasado.”
¿Y quienes estábamos? Eramos las caras de siempre, toda la gente ya muy involucrada en la educación de los jóvenes – maestras, directores de programas, miembros de consejos, líderes de grupos juveniles. Eramos los de siempre.
La palabra “irónico” se usa demasiado y raras veces con precisión. Sin embargo se aplica con una tristeza brutal a lo que experimentamos aquella noche. A menos de una milla de distancia en Maxwell Park un trágico suceso relacionado con las pandillas se estaba revelándo simultáneamente. Dentro estábamos inconscientes de todo lo que pasaba afuera. Salimos de la biblioteca emocionados, inspirados, ya planeabamos “luchar contra la locura” - y encontrábamos “la luz” pero era la de la policia.
¿Qué habíamos sentido adentro de la biblioteca? Aún aislados no estábamos protegidos. Cinco hombres y una mujer del condado nos contaron sus historias personales. Tenían edad promedio de 26 años y entre todos ellos juntaban casi 35 años de cárcel.
Había sureños y norteños antiguos. ¿Qué llevaron puestos? Tatuajes, aunque se mencionó que unos estaban tapados a próposito. Ropa guanga. Mallas. ¿Qué nos llevaron? La sinceridad. Los remordimientos. La franqueza. La vergüenza. La responsabilidad.
La mujer hablaba timidamente, diciendo que su hijo y su hija nacieron en prisión. Su niñez había sido alegre. Un hombre nos narró que su hija, quien nació mientras él estaba la cárcel, tenía nueve años cuando él salió. Cuando él volvió a caer, le golpeó el hecho de que iba a perder de igual manera la niñez de su hijo recién nacido, si no cambiaba su vida. Nos dijo que la oportunidad de dar su testimonio le servía de ‘reparación,’ pero aun si testimoniara ‘una infinidad de veces nunca serían suficientes.’
Estos jóvenes adultos que se atrevieron a hablar todos afirmaron que no se les habían quitado los efectos de una vida pasada de pandilleros, de marginados, de asesinos, de traficantes; de adictos a la cocaína, al alcohol. Se nos revelaban frágiles, vulnerables. Un joven de 19 años acaba de adquirir, a través de la terapia, la confianza que le permite hoy hablar de su experiencia. Casi todos siguen involucrados en terapia y rehabilitación. Me di cuenta de que les debería traer mucha pena enterarse del asesinato que sucedido al mismo tiempo de su presentación en la biblioteca la noche del lunes.
Bob Flórez de ‘Kids in Community’ llevó este equipo a Sonoma. Flórez afirma que nuesta gente joven necesita ser parte de la “comunidad,” necesita sentirse “conectada.” Si nuestros líderes no proveen eso, los jóvenes seguramente lo van a buscar en otro lado. Contestándole a una maestra que preguntó que podría hacer, uno del equipo dijo: “Relaciónese, ayúdeles a los jóvenes a relacionarse de un modo positivo.”
La denegación debe cesar. Pocos padres de familia y líderes de comercio, estaban presentes allí en la biblioteca para escucharles a aquellos jóvenes adultos quienes se animaron a contarnos sus historias. El trágico suceso que se desarrollaba al mismo tiempo en el parque nos convence de que NO relacionarnos es algo que no nos podemos permitir. ¡Ojalá la comunidad entera se encargue de luchar contra la locura!
Anna Pier es Directora de Programas Educativos para la Fundación LazosenComún/CommonBond Foundation en Sonoma. |