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Springs
Las calles de Springs como las del Tercer Mundo
¿Si nosotros pagamos impuestos de propiedad, porqué no hay drenaje, carreteras en buenas condiciones, y banquetas?
Jan Mosgofian
El Sol de Sonoma
Recientemente celebré mi cumpleaños con una fiesta en mi casa. Mis invitaciones anunciaban que vivo en Sonoma, CA., 95476. ¿Pero sí vivo aquí? ¿Dónde “vivo,” en el sentido real de esa palabra? Bueno, en Sonoma por su puesto. Mi dentista, gasolineras, mercados, restaurantes, y muchos de mis trabajos de profesor sustituto son en la ciudad de Sonoma. Uso el Centro Comunitario de Sonoma y la casa para ancianos Vintage House; Sebastiani es el teatro de mi preferencia. Cuando amigos me visitan de lejos, los llevo a las pruebas de vino, y a lugares alrededor de la explanada como Baksheesh, la nueva galería de Lisa Kristen’s, Spirits in Stone, la loca tienda de Laughing Queen, la joyería, tiendas de libros y de quesos, el edificio La Haye, y a Murphy’s. Nos damos una vuelta por las tiendas y nunca puede faltar nuestra visita a la cocina de Black Bear. Pasamos por un java en Espace. Oh, y a la Cornerstone. A todos les encanta Sonoma. Y consternado me doy cuenta de que mis vecinos y yo, somos como fantasmas para los territorios no incorporados del Condado de Sonoma. ¿Suena como una mala película del oeste verdad? Pero nosotros somos invisibles en un problema crítico: las calles. Vivimos en calles como las del Tercer Mundo. Tanto como detesto este degradante término, entienden mi punto. Mi calle, la avenida Mulberry, en el Bulevar Boyes en Springs, no es una verdadera calle. Está construida sobre la suciedad, no en capa de balasto así que el asfalto no tiene nada a qué sostenerse; se quiebra y erosiona como el desierto Gobi. Nuestro único drenaje, es una esperanza preocupada de que no llueva mucho o que no llueva fuerte.
Oh, pero si tenemos una zanja abierta al extremo norte que está inclinado en una forma incorrecta, de modo que solamente un diluvio permita al agua moverse hacia el drenaje del Bulevar Boyes. El resto del año, el agua se asienta en la zanja, una exuda verde, en donde crecen larvas de mosquito y quién sabe que más.
En el otro extremo tenemos una vieja pipa saltada más o menos de la medida de una tapa experta, enterrada bajo la calle Orchard, que no puede comenzar a recibir el agua que se vacía en esa dirección. Y el agua que la hace hacia adentro de la pipa y hacia otra zanja abierta en la Orchard y se asienta ahí puesto que esa pipa también está inclinada de forma incorrecta. Además de nuestras divertidas zanjas, ¿es ambientalmente legal para esta pipa que desemboque en el río? no mencionaré los problemas de River Road, la calle siguiente - solo manejen por ahí. Pero, esperen. Nuestro vecino recibió una carcajada de un contratista en su cara y le dijo que, no empezaría a tratar los problemas de una yarda pantanosa hasta que hubiera drenaje en la calle. Ja, ja, ja, no había lugar para poner la ruta del agua.
No tenemos banquetas o encintados. No den la vuelta de la calle Orchard hacia la Mulberry muy rápido o probablemente golpeará a una persona o a un carro estacionado. Nuestra calle es un juego de ‘dodgeball’ para los peatones, chicos en bicicleta, madres con carriolas. Solamente esquivamos los coches.
Tenemos un desastre. Nuestro vecindario se inunda hasta sin un invierno como el del 2005. La superficie del camino es más alta que las yardas sin coladera.
En los cinco años que he vivido en Mulberry, el único trabajo que he visto que han realizado en la calle es la descarga de algunas yardas de asfalto en los tantos agujeros. Aunque, por su puesto, hay agua asentada en ellos, y en este caso son ignorados. ¿Hay una ironía aquí? De todas formas no importaría, pues estos parches se borran en el invierno con las camionetas, SUVs, carros y las vans de envíos que frecuentan la calle. Lo que queda del asfalto es remolido y resulta en un polvo muy finito el cual respiramos en el verano. Se adhiere a la suela de nuestros zapatos y se entierra en nuestras alfombras, o crea un tipo de hidroavión áspero a lo largo del piso de madera.
Al paso de los años, el camino se ha contraído en una impar alfombra tipo diseño de Picasso, por todo el medio.
La suciedad que enmarca cada lado de nuestra moderna línea de arte, nos ahorca en el verano y se convierte en un orzuelo de lodo en el invierno.
¿Deberíamos estar contentos, cuando la ciudad en la que vivimos - en el verdadero sentido de la palabra - tiene drenaje, caminos viables, banquetas y seguridad? Pagamos nuestros impuestos de vivienda; los míos son de $4,300 al año. ¿Dónde está el porcentaje que nos merecemos para nuestros caminos? Nosotros pintamos, construimos pequeñas charcas, enrejados, ponemos zacate, árboles y flores. Somos orgullosos dueños de casas. Entonces, ¿porqué es que si mis dos vecinos más cercanos y yo combinados pagamos un total de $15,000 de impuestos al año, es que nuestro condado nos dice que no tienen dinero, y nuestra ciudad considera que estamos más allá de la intolerancia?
Nosotros los del medio, los dueños de casas quienes vivimos en la nunca tierra de los no incorporados, estamos cansados de su travesía, de esta privación de derecho al voto. No somos ciudadanos no-incorporados, pero estamos plenamente integrados en las escuelas, en el consumo, la política y en la escena social de la ciudad y del Condado de Sonoma.
¿Reconocerá la ciudad que somos ciudadanos plenos y nos ayudarán? ¿Porqué el condado nos dice que no hay dinero cuando tienen nuestros impuestos? Quizás nuestros impuestos deberían ser reducidos a un porcentaje que refleje nuestras reducidas condiciones de vivienda. A lo mejor debemos instalar una confianza de banco para retener dinero designado de nuestros impuestos de propiedad hasta que una parte del mismo sea usado para nuestras propias calles.
Y sí, mi fiesta de cumpleaños fue un gran éxito, hasta cuando uno de mis “Marinites” hizo muecas y llamó a mi calle ‘pintoresca.’ Solo pude cerrar mis dientes fuertemente y tratar de sonreír.
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